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El yelmo de Mambrino

Molinos.

Despertó aquella mañana con la sensación de que algo estaba mal, algo faltaba en su vida y era necesario hacer algo urgente, pero no sabía qué diablos era, porque ahora que estaba terminando su vuelta sesenta alrededor del sol, la barrera económica que se había propuesto construir para proteger a su familia era más fuerte que nunca.

Y entonces se quedó mirando en la penumbra los cuatro dedos de su mano izquierda con el pulgar doblado hacia la palma y los contó uno por uno, empezando por el índice, mientras los tomaba a su vez, con índice y pulgar de la derecha, como le aconsejó el anciano de la gasolinera la semana pasada, para poder entender su vida.

Mendigo.

Por el primer dedo pasó volando, porque de cero a veinte había sido un destripador de imposibles y tuvo el coraje que hizo falta para largarse del zurrón de los padres e ir a Mallorca con un gorro de cocinero, igual al del tío Paco, que era su único referente.

Conoció allí a la mujer que había soñado para acompañarlo en sus batallas y se casó con ella, sin que pasara por el azul de sus decisiones, ni la menor duda. Se fueron a vivir de alquiler y llegó entre ayes y sudores de su reina, la primera heredera de la familia.

Embarazada.

Mira por donde las facturas crecieron junto con la niña y tuvo que vender más horas de su vida para pagar las cosas necesarias. Y se dio cuenta por qué el anciano le había dicho que ese era el tramo de las equivocaciones.

De los veinte a los cuarenta ajustó las velas varias veces, recordó ya despierto completamente y le pareció que ahora lo seguían escudriñando aquellos pícaros supervivientes que el anciano tenía debajo de las cejas. Y por tanto quiso poner las cartas sobre la mesa y jugar limpio, para despejar el enigma de lo que faltaba en su existencia.

Pronto supo que subirse al carro de otros y trabajar para ellos, era propio de corderos que necesitan pastor y rebaño para moverse, mientras la luz de sus recuerdos era esa de los cines que va iluminando progresivamente cuando se acaba la función, donde también podía verse su expresión de complacencia por la pericia que logró en el tramo de asumir riesgos, según la filosofía del viejo.

Empresario.

Y las imágenes de su renuncia al cargo de jefe de cocina cuando mejor le iba, parecían acariciarle alguna parte del cuerpo, a pesar de los alaridos de su mujer porque se morirían de hambre junto con los cuatro chiquillos, que no habían parado de llegar en esos primeros años de convivencia.

Era como andar por la cuerda floja sin red de seguridad, mirando los ojos del dueño de una cadena de restaurantes y poniéndole una carnada en el anzuelo, tan jugosa que fuera imposible rechazarla.

- Me podría encargar de uno por un tercio de las ganancias, le dijo.

Se remangó las mangas hasta los codos y apretó el cinturón lo más que pudo, hizo reformas en la cocina, pegó un puñetazo en la barra y le dijo al camarero más antiguo que si quería seguir, las cosas se harían a su manera.

Pero pronto empezaron a nublarse los días de obligaciones y rutinas con el consiguiente gasto de energía, y su cuenta bancaria fue engordando con los nutrientes que faltaban a su cuerpo. Por delante de las narices nunca pasaba un rato de sosiego, ni una sola tarde de domingo con ese bendito aburrimiento de cuando era simple cocinero. Hubo cambios en la química de sus fluidos, el páncreas hizo huelga y el médico dijo que tomara unas píldoras mientras siguiera respirando.

Final del camino.

Su mujer aprendió a vestirse para lucir a las amigas y parientas y sus hijos a jugar solos, mientras que los abuelos vivían como si se les hubiera muerto el más pequeño de los retoños. Y se le erizó el espinazo al hacer consciente que tal vez había usado demasiado tiempo la corona de Pirro.

Entonces soltó el dedo del medio y bajó el telón de su segunda veintena de vida, con los ojos perdidos en el techo mientras afuera el Sol se adueñaba de la mitad del cielo.

Un poco antes de tomar el tercer dedo, correspondiente al próximo pedazo de vida, entró en su establecimiento un señor elegante que miraba sin tapujos y hablaron de oportunidades media hora.

Al día siguiente se encontraron y firmaron un acuerdo y ahí mismo pasó dos noches de enero dándole vueltas a una quimera, agazapado en la maleza de los miedos hasta que pegó un salto y al tercer día le dijo a su mujer que el restaurante se iba a tomar viento para ser libre y dedicarse a las ventas. Ella lo miró sin decir palabra y estuvo tres días con estreñimiento por el susto de que a su marido se le hubiera aflojado alguna tuerca, pero no dijo nada más por amor que por miedo. (Continuará)

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Cubano, emigrante en España, disfrutando de esta parte de mi vida. Compartir es mi camino.

Percibo que soy más que cuerpo físico, mental y emocional. No se quien soy, pero SOY MAS, MUCHO MÁS!!