Crónicas de Santa Lucía: Jacinto, el dependiente.

José Miguel Fernández Nápoles
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Crónicas de Santa Lucía: Jacinto, el dependiente. – Jose Miguel Vale

Era una de esas personas a las que Dios dotó con su paciencia, las que les cae una bomba al lado y, si a caso, a los cinco minutos, puede que se den cuenta. Ser dependiente de la tienda de Juan Lorenzo en los años cincuenta, allá en aquel pueblo tan pequeño, era un oficio tremendo, algo así como ser ministro de Hacienda. Allí los diferentes eran cuatro o cinco y el resto hozaba la tierra de sol a sol, procurando el sustento para la familia. Y un dependiente o telegrafista estaba a la sombra, sin ese embarrijo de sudor con olores fuertes y las manos recubiertas de más capas que la planta de los pies, para asir los instrumentos de labranza.

Mientras la gente iba a la tienda a comprar dos centavos de azúcar y tres de café, - Y dile que de ñapa, te de un poquito de sal, me mandaba mi madre. Pues la tienda era un remanso de paz y Jacinto podía permitirse el lujo de ser como era, y cuando cambiaron las cosas y comenzó la cartilla de racionamiento y la "cuota", las cosas para él se pusieron feas.

A primeros de mes la gente se levantaba a las cuatro de la madrugada e incluso dormían en el portal de la tienda para tener los primeros turnos al día siguiente. Cuando se abría la tienda el dependiente tenía una lista que iba tachando a medida que despachaba: arroz, azúcar, sal, granos... pero lo curioso es que todo eso había que pesarlo, envasarlo en cartuchos de papel uno por uno, el combustible como petroleo para cocinar y alcohol, era necesario embotellarlo en recipientes que llevaban los usuarios.

Jamás he entrenado tanto mi paciencia como mirando a Jacinto, saludar y preguntar uno por uno por toda la familia primero, luego coger un cartucho amarillo de aquellos y poner cucharada por cucharada el azúcar, poner las pesas adecuadas en la balanza, luego quitar un poquito, ajustar con el contrapeso del brazo de la balanza, buscando una exactitud de gramos, después coger el lápiz que llevaba en la oreja, hacer las cuentas sumando o quien sabe si resolviendo integrales, mientras los doscientos restantes que estaban en la cola, bajo aquel sol del Caribe que derretía las piedras, se querían cortar las venas.

A veces voy a un "Gran Superficie" de aquí y mientras la cajera va pasando los mandados por un aparato con un visor que emite un pitido, me acuerdo de Jacinto y no logro contener una sonrisa. Se me hace que a mis nietos les ocurrirá lo mismo cuando sean mayores y se acuerden de ese pitido que ahora me parece moderno.

Crónicas de Santa Lucía: Jacinto, el dependiente. – Jose Miguel Vale
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Cubano, emigrante en España, disfrutando de esta parte de mi vida. Compartir es mi camino.

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Percibo que soy más que cuerpo físico, mental y emocional. No se quien soy, pero SOY MAS, MUCHO MÁS!!

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