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Agatha Christie, una literaria que se nutrió de crímenes

Lenin Boscaney
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Agatha Christie, una literaria que se nutrió de crímenes – Curiosidades
Agatha Christie, escritora y dramaturga británica.

Agatha Christie, la famosa escritora que quedó cautivada con las historias policiales también narra algunos crímenes que no fueron resueltos y que los presuntos asesinos fueron solamente enjuiciados con la opinión pública.

En total fueron 66 novelas policiales, traducidas a más de 140 idiomas y que dejan tras de sí un sinfín de fanáticos que se enamoraron día a día de la narración de la autora.

Entre ellas se encuentra la novela “Inocencia trágica”, la cual plantea un caso de la vida real, la muerte de Charles Bravo, asesinato al cual no se imputaron culpables y la opinión pública acabó con su esposa Florence.

De igual forma, en la exposición de la novela titulada “Un crimen dormido: el último caso de Miss Marple”, la afamada Agatha señala que este crimen no fue reconocido en el caso de Madeleine Smith. Pero, es ahí donde surge una incógnita, ¿Quién es Madeline Smith?

Sobre la vida de Smith

Madeline Smith, una joven perteneciente a la alta sociedad de Glasgow. La misma guardó un secreto que le trajo más problemas de lo que esperaba. Madeline sostuvo por mucho tiempo una relación con un hombre diez años mayor que ella, su nombre era Pierre Emile L'Angelier.

Pierre fue víctima de un misterioso crimen, murió por envenenamiento con arsénico la noche del 22 de marzo de 1857. Todo esto se debió a que el romance que guardaba con cartas y demás pruebas con Madeline Smith se vio interrumpido ante el compromiso de la joven con otro muchacho más conveniente para ella, según el criterio de sus padres.

Luego de un arranque de celos por parte de Pierre, Madeline le suplicó que se vieran esa noche en la cual ocurrió el asesinato. Madeline fue acusada por la opinión pública de asesina y si se encontraban pruebas de este asunto, Smith sería llevada a la horca.

Sin embargo, Agatha Christie, la afamada autora nuevamente hizo ver que estos crímenes quedaron muy lejos de la justicia. Ante las declaraciones de un experto a favor de Madeline, se comprobó que el arsénico que ella poseía se podía usar como maquillaje, así que no fue acusada.

Otra historia de anonimato

Lo mismo ocurrió con el caso nombrado de primero, Charles Bravo, un afamado abogado que, en el año 1876, un 21 de abril, murió por tomar agua con antimonio de potasio. En su lecho de muerte no dirigió palabra alguna, por lo que levantó sospechas de suicidio por parte de los investigadores y doctores que llevaban su caso.

Nuevamente, Agatha Christie plasmó este relato en una de sus obras, un crimen no resuelto. Los familiares de Charles solicitaron una investigación más a fondo, pues estaban convencidos de que el abogado no atentaría contra su vida y menos de esa forma.

Las sospechas comenzaron por un cochero que el señor Bravo había despedido, quién gritó que en cinco meses Charles estaría muerto. Luego de muchas noticias y encabezados de este crimen, los ojos del público se posaron en su esposa.

Florence Bravo, una mujer que no se adaptó a su época y a quién sus padres la habían predestinado para una presunta vida social de alta alcurnia. Lamentablemente, Florence se separó de este hombre que le prometía una gran herencia por ser un alcohólico muy violento.

Este hombre fallece por su terrible adicción y es ahí cuando Florence comienza un romance con un doctor a quien deja por el compromiso con Charles Bravo, en miras de mejorar su posición económica y social.

Al morir Bravo, solo tenían cinco meses de casados y la autora Christie levanta sus miras hacia el culpable que nadie reclamó ni dedujo, el doctor que compartía un amor por Florence.

Bravo sufría de reumatismo y neuralgia, ella asume que una pastilla de las recetadas por el doctor fue la causa de muerte del abogado. Agatha dijo:

“Siempre pensé que él era la única persona que tenía un motivo abrumador y el carácter apropiado: extremadamente competente, exitoso y siempre considerado fuera de sospecha”, escribió en una carta al editor del Sunday Times Magazine en 1968.

 

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