Subiendo la cuesta

Subiendo la cuesta – Jose Miguel Vale – WebMediums
Bici de montaña.

Subiendo la Cuesta

Siento una mordedura de perro en ojos y orejas por el aire helado y voy chorreando lágrimas que se secan al instante y apenas me dejan ver el sendero por donde vamos seis locos pedaleando a conquistar la cuesta. Sabe Dios lo que va rumiando cada cual mientras esquiva una piedra o cambia de marchas como Yo, que no dejo de acordarme ni un segundo lo que dijo Alina el mes pasado cuando metió el portazo y se fue de casa. Aquella frase que no sé en qué libro leyó o en que salmo de la biblia reza, porque me resisto a creer que se le ocurriera así de sopetón. Una rama de pino me ha hecho daño en la mano y parece que hay un hueco en el calcetín del pie derecho porque me molesta ya que se ha roto de tanto esfuerzo que hago con esa pierna para subir incluso en la combinación más lenta, que era primero rodar por su espalda pasando los labios despacio mientras las manos hablaban con sus tetas en un lenguaje misterioso que solo nosotros entendemos. Recuerdo aquella mañana en la playa cuando le dije que me gustaban y se puso tan seria y me dijo que las palabras groseras no las toleraba y Yo paciente explicándole que eso de senos me suena a lenguaje de matemáticas y pechos como de madres en estado y entonces su risa, esa risa que es mi premio por el atrevimiento.

El Mocho va ahí delante y luego Julio y atrás Yo subiendo con ganas de despeñarme por uno de esos barrancos y dejar los sesos embarrados en una piedra, a ver si aprendo de una vez y por todas a tratar con mujeres y no ser tan celoso y machista, y a reconocer que son seres más armónicos y coherentes que nosotros, que solamente tenemos sentado en el occipucio las caderas anchas y culo respingón para rendirle culto como si fueran Mahoma o Buda, mientras algunos dejamos aparcado al cariño junto con la costumbre que me cosía la boca cuando estaba loco por decirle que la amaba más que a mis huesos, y solo ahora cuesta arriba me apetece gritarle hasta las piedras que fue ella quien me enseñó desde como acariciarla hasta freír dos huevos y comerlos con patatas, embarrándonos la boca más de besos que de aceite oliva, porque cuando apareció en mi vida como un colibrí, con su vuelo sorprendente, y tan fugaz como una de esas estrellas que se pierden, sin darte la oportunidad de pedirles un deseo, antes que desaparezcan en la inmensidad del cielo y uno no sabe a donde coño se meten.

El Mocho ha pegado una voltereta para esquivar una raíz y Julio casi le pega con la rueda delantera, pero afortunadamente no ha pasado de ahí porque a la derecha hay un farallón que da miedo como sus ojos aquella tarde que le pregunté por qué coño no respondía al móvil y ella que se había quedado sin batería y Yo que seguramente lo había apagado y punto. Me estoy cansando, dijo y ahora pienso que cansado voy Yo por estos trillos de la montaña a donde me apunto cada fin de semana para hacer algo diferente y que su recuerdo no me taladre los riñones, pero de eso nada porque me persigue barranca arriba y abajo con su risa y su manita de niña metida en sitios para mayores y aquella dulzura que yo quería para mi solo y ella repartía entre amigos y el conejo que tengo en la casa de campo y el portero del trabajo de su padre y hasta un pordiosero que pasaba. Y es que es tan sencilla como un niño que no aparta la mirada de quien la mira y sonríe si le sonríen y da gracias cuando le dicen tonterías por la calle de manera que va pintando las aceras con su paso y los días helados se hacen más cálidos y hasta parece que la gente que la rodea se vuelve más humana. Y mi admiración por ella crece que te crece y sube que te sube como si el mundo entero se hubiera hecho una pilita debajo de sus pestañas y mis cuadernos de la Universidad se fueron llenando con dos ecuaciones de matemática y un poema que emborronaba para ella y una formula de química en otra hoja y frases escritas con rotulador en rojo: cuando te pille te llevaré a la cara oculta de la luna, tajadita de piña, solecito de mañana de mayo. Entonces las pegaba en la nevera y cuando ella las descubría había un brillo en sus mirada que me hacía temblar como una hoja. Una mañana el profesor de Inglés estaba muy entusiasmado con la gramática de los verbos y de pronto apareció en la puerta como una cometa, dejándonos mudos a todos.

 Can I come in Just a minut?

 Sure, dijo el Profe sin pensarlo y ante veinticuatro pares de ojos estupefactos corrió a mi sitio y me restregó en el hocico el beso más loco que a nadie jamás le dieron. Y te fuiste envuelta en los aplausos del mocho y de Julio y las risas de los otros y hasta el profe que me hizo un guiño. Perdona, pero de pronto me entraron deseos inaguantables de besarte, me dijo por la noche y nos morimos de risa y de felicidad compartida.

Ahora se me hace agua la cabeza pensando quien me hizo creer que soy más cabezón de lo que debería o que tengo las canillas flacas. Acaso mi hermano mayor que me llamaba renacuajo, mi padre que se tapaba la nariz para entrar a mi habitación porque olía fatal, la tele que bombardea miserias humanas como aquellos aviones americanos en Viet Nam, que atacan la estima de la gente como si fuera un guerrillero, que se atrinchera en una cosa rara que los psicólogos llaman subconsciente. Pero ¿quien me hizo creer que Yo no la merecía? ¿Quien me sembró la inseguridad en las entendederas y cultivo mis celos como si fueran coca clandestina en la selva amazónica? ¿Donde escuché las frases hirientes que les dicen algunos hombres a las mujeres para esconder sus temores? ¿Que carajo pienso de mi, Dios mío? ¿Cual es la marca de cobarde que gasto, cojones?

Subiendo la cuesta – Jose Miguel Vale – WebMediums
“Smiling girls and a bike“ by Seth Doyle on Unsplash

Ahora me ha adelantado Felipe porque voy exhausto y el aire hace más resistencia que nunca y cada vez el barranco está más peligroso de manera que si resbalo iré derecho a hacerle compañía a los que no han logrado llegar arriba y han desparramado los huesos en el intento de peinarle el cabello con los dedos para que se quedara dormida, y yo mirando esos bellos pequeñitos que tiene en el cuello y el pubis y el lóbulo de la oreja donde no hay quien cuente los besos que caben, hasta que se estremecía y explotaban a la vez todos los volcanes dormidos que hay en la Tierra. Y Yo que me levantaba a poner leños en la estufa mientras afuera se desparramaba sobre los tejados una llovizna pertinaz y en los campos crecía la hierva y en nuestros corazones la confianza de que estábamos cultivando un amor auténtico, que no se parecía al de Romeo y Julieta ni los esposos Rossembert, ni tenía el sello de calidad de ninguna marca, ni estableció nuevo record guinnes, ni serviría de inspiración a ningún escritor para escribir un best seller, ni nada por el estilo, pero coño era el amor de nosotros y si dicen que amores cuerdos no son amores, a este habría que encerrarlo en un manicomio de por vida, porque hay que estar trastornado para romperle las alas a una mariposa, para hacer polvo una flor tan auténtica. Y me pregunto como pude decirle que se fuera, que no soportaba ni un minuto más las dudas, que algo me revolcaba las tripas cuando la veía conversar con cualquiera, que me parecía que todos la iban desnudando a cada paso por los pasillos de la Facultad de medicina, que a su profesor de fisiología se le caía la baba, que mis amigos se masturbaban pensando en ella. Y la rueda del miedo se fue haciendo grande hasta que de `pronto resbaló y vino el golpe y esa frase que duele tanto como el primer tortazo de la cabeza contra el saliente de roca allá abajo:

Cuando la madurez te alcance para mirar lo que vales y encuentres dentro de ti lo maravilloso que eres y descubras que estoy enamorada, ve a buscarme, que quizás me encuentres. Y ahora mientas subo con El Mocho y Julio y los otros y la tierra suelta del trillo me siembra un frío en el estómago, me pregunto si estos días han sido suficientes, si ya he madurado lo que hace falta para tomar el toro por los cuernos, si tengo la humildad que hace falta para mirarla y la hombría para que no se me quiebre la voz cuando le diga que quiero vivir con ella hasta que se derrumben otra vez las torres gemelas, hasta que El Sol salga por el poniente y le demuestro que creo merecerla y que no soy más ni menos que otros. Me pregunto si resbalará la rueda en el rocío de alguna piedra o finalmente lograré remontar la cuesta.
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José Miguel Fernández Nápoles

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Cubano, emigrante en España, disfrutando de esta parte de mi vida. Compartir es mi camino.

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Jose Miguel Vale

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Percibo que soy más que cuerpo físico, mental y emocional. No se quien soy, pero SOY MAS, MUCHO MÁS!!

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