Un extraño en casa.

José Miguel Fernández Nápoles
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Un extraño en casa. – Jose Miguel Vale – WebMediums
No me fastidien, ¿vale?

No me soportaba en absoluto: no soportaba a mis padres tan anquilosados en su mundo de hace más de cincuenta años, no soportaba los reproches y los consejos, que si no tenía trabajo era porque no me daba la gana, que saliera a la calle cada día a las ocho de la mañana a hablar cara a cara con los encargados de los hoteles, con los dueños de un restaurante, en una fábrica de calzado, y les dijera que me iba a comer los platos y que sería más efectivo que media docena de los empleados, que me pusieran a prueba una semana y si no les convencía no me pagaran nada, pues seguramente encontraría algo y dejaría de ser la carga que soy para sus míseras pagas de jubilados y una cantaleta que te cagas.

Un día detrás de otro y que si fumo, que si a veces llego con olor a alcohol, que mira que me lo dijeron que me esforzara un poco más en los estudios y por eso ahora no soy nadie, ni soy nada.

No soportaba a mi hermana tan formal ella y tan ingeniera, tan felizmente casada y armónica, estable, con piso propio y marido brillante. No soportaba que fuera tan perfecta y tan prostituta, casada por cualquier cosa, menos por amor verdadero, porque se les nota que son plásticos, una de esas parejas que envenenan más el ambiente que el dióxido de carbono de los coches con su hipocresía y la falsedad de su apariencia.

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Falsedad

No soportaba a la ciudad con sus zombis a toda velocidad por las aceras, en la estación del metro, corriendo nadie sabe a dónde, ni a apagar que fuegos, revueltos en sus cibermundos y ajenos al naranjo del parque que le han salido hojas nuevas, a la luz y las sombras de los edificios, al mendigo que aún le quedan, al menos sus lágrimas de cocodrilo.

No soportaba a los políticos, ni la tele, ni los anuncios inmensos de tome coca cola o no se pierda las ofertas de primavera del corte inglés, o escape a Can-Cun por el precio de dos cebollas podridas, que le podemos financiar el pago para que pague en su próxima vida.

No soportaba a Alicia, mi novia, con su piercing en la lengua y ahora pensando ponerse otro en el clítoris, buscando desesperadamente una satisfacción diferente, una formula fácil y rápida de encontrar una vía de escape a su vida light, esa existencia de best surfing en la tabla de sus padres por obra y gracia de un bufete colectivo que tienen en Barcelona y el puto dinero como si fuera una visa para entrar en el país de los porros y las operaciones de extirparle a algunos el cerebro.

Y a ella parecen haberle trasplantado una alcachofa o una zapatilla gastada, o una cascara de nuez milagrosa que solo sirve para masticar chicles y buscar sexo sintético, de ese que han fabricado en un laboratorio seguramente, sin gota de afectos ni abrazos, ni cualquier otro invento de los Dioses que no entienden nada, porque a ver qué necesidad tenemos, según ella, de complicarnos la existencia con amores y cosas de esas que hacen sufrir.

Total que si podemos pasarla bien copulando y después a un botellón o la casa de la playa o una escapada fin de semana a ver El David de Miguel Ángel a Florencia, no por otra cosa, sino para poner como un pimiento a los conocidos de la clase, donde milagrosamente, repite su segundo año de licenciatura en derecho, igual que sus padres, como no podía ser de otra forma, para poder seguir con la bendición genética de la familia de pegar una firma en un sacro documento y cobrar una burrada.

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Incomprendidas.

No soportaba ni a uno solo de mis conocidos, porque no tengo amigos, empleadillos como corderos y esclavos modernos, poniendo el cuello para que los vampiros empresarios le chuparan el tiempo de sus miserables vidas fregando platos, o a las chicas limpiando el suelo, rezando todo el día para que llegue el sábado santo y relajarse frente al omnipotente ladrón del nuevo milenio, el único que es capaz de estar a la vez en todos los hogares a la misma vez a toda hora, metiendo en el occipucio de la gente las miserias del purgatorio y la paz de los difuntos.

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Taravisión.

Teledios que estas en el salón santificada, danos la peli de cada día con hidratos de violencia para seguir adormecidos y no percibir como nos revientan a su antojo los dueños del mundo.

Ni soportaba tampoco a los conocidos, porque tampoco tengo amigos estudiosos, tan aplicados como si fueran a descubrir, al terminar sus carreras engañosas, una forma milagrosa de aparcar los coches sin dar tantas vueltas, o la vacuna contra la estupidez humana, un toque zen milagroso que deje flacos a los gordos en una semana, que estirpe la diabetes y el colesterol de la vida de la gente, un parche que nos podamos poner en la espalda y nos de alegría y sonriamos.

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Gente.

No soportaba a mis conocidos Nini, que no son amigos de nadie y los que más abundan, a esos maestros de la queja y licenciados en excusas para no hacer nada, los que navegan en este buque de la crisis que hace aguas, los que arrastran por el pelo las esperanzas de cualquiera con su negatividad implantada en un quirófano de cualquier calle.

Y finalmente no soportaba al peor de todos, al que no tiñe ni da color, al que no se moja, ni tiene siquiera el valor de izar en su barca la bandera de alguna manada, al que se siente como un lobo solitario, odiando a todo lo que se menea, loco porque alguien diga algo para salir a armar una pelea, con más armamento a bordo que si fuera un porta aviones, esperando el momento justo para suicidarme, con esa certeza de que no quiero seguir aguantando esta función de payaso, esta representación de espermatozoide que se convierte en viejo arrugado.

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Solo

Entonces una madrugada me despierto llorando, con un horrible dolor de cabeza y una rabia mezclada con tristeza que me repateaba y me doy cuenta que tal vez ha llegado el momento de poner fin a todo, que no puedo seguir viviendo conmigo mismo y me quedo atrapado en eso y repito que no puedo seguir viviendo conmigo y seguramente se me queda la cara de tonto por un instante, preguntándome quien soy realmente, yo o mí mismo.

Cierro los ojos y respiro profundo y vuelvo a observar la conducta del yo desde mí mismo y lo veo desvalido y desesperado, atrapado en su tormenta de gota de agua, con sus absurdas contradicciones y sus batallas.

Y entonces, poco a poco los objetos de la habitación se van haciendo más y más nítidos y hay un agradable silencio que navega en las cortinas del cuarto mientras afuera parece que la ciudad va despertando.


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José Miguel Fernández Nápoles

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Cubano, emigrante en España, disfrutando de esta parte de mi vida. Compartir es mi camino.

Jose Miguel Vale

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Percibo que soy más que cuerpo físico, mental y emocional. No se quien soy, pero SOY MAS, MUCHO MÁS!!

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